Recientemente, una multitud de jóvenes se reunió junto al Arco de Triunfo de Barcelona para participar en un evento que buscaba “farmear aura”, un concepto viral que invita a los participantes a proyectar una actitud original y medir su respeto social ante desconocidos. Este fenómeno, que oscila entre la performance y el delirio, resulta un eco inevitable de la película Zoolander, dirigida y protagonizada por Ben Stiller hace 25 años.
Cuando la cinta llegó a los cines en septiembre de 2001, la recepción fue hostil. The Washington Post la calificó como una “comedia de un solo chiste”, mientras que Time Out la tildó de “banal”. En España, Ángel Fernández Santos escribió en El País que era una “sosa nada” y una “comedia loca rematadamente mal construida”. El contexto del estreno, apenas dos semanas después de los atentados del 11 de septiembre, tampoco favoreció su éxito en taquilla.
Sin embargo, hoy la película se lee como una disección de la hiperconsciencia corporal. Estel Vilaseca, directora del Área de Diseño de Moda de LCI Barcelona, destaca que el filme fue pionero al “centrar su mirada en los modelos masculinos, dinamitando los roles de género tradicionales de la época”. Las icónicas miradas de Derek Zoolander —“Acero Azul”, “Ferrari” y “Magnum”— funcionan como una caricatura de la necesidad contemporánea de construir una imagen perfecta, una práctica que la estilista Rocco Marvin considera una crítica aguda al peso que la sociedad otorga a la fama y la percepción ajena.
El guionista John Hamburg, en un análisis para Esquire por el vigésimo aniversario del filme, señaló que la obra se adelantó a su tiempo al exponer los problemas de la industria de la moda, como la explotación laboral y los trastornos alimentarios, además de prever la sobreexposición visual que definiría a figuras como las Kardashian o las hermanas Hadid.
Incluso la controvertida colección “Derelicte” de Mugatu, inspirada en personas sin hogar, prefiguró el “feísmo de lujo” actual. Vilaseca recuerda que esto guarda paralelismos con la colección primavera/verano 2000 de John Galliano para Dior, inspirada en los clochards de París. Hoy, firmas como Balenciaga consolidan esta tendencia al comercializar prendas desgastadas a precios astronómicos.
Finalmente, la película ilustra la metamorfosis de la industria: tras el rechazo inicial de las casas de moda a colaborar en el rodaje, el sector terminó abrazando la franquicia, buscando cameos en su secuela. Más allá de la moda, el mayor acierto de Zoolander fue trazar el boceto del influencer contemporáneo: una figura obsesionada con su imagen pero desconectada de la realidad, cuya vacuidad queda resumida en la famosa escena del centro para niños que “no saben leer chachi”.


