La industria automotriz global atraviesa un momento crítico de reconfiguración, y la planta de Volkswagen en Puebla no es la excepción. Según un análisis de Boston Consulting Group (BCG), la rentabilidad de una planta automotriz depende de una utilización cercana al 80% de su capacidad instalada. Sin embargo, en América, el promedio de utilización ronda apenas el 60%, dejando a las armadoras 20 puntos porcentuales por debajo de los niveles de sostenibilidad óptimos.
El complejo poblano, que en 2012 alcanzó la cifra récord de 600,000 unidades producidas, opera actualmente muy por debajo de ese techo. La dependencia del mercado estadounidense es un factor determinante: durante el primer semestre de 2026, la planta fabricó 223,559 vehículos, de los cuales el 50.75% se exportó a Estados Unidos, un mercado que hoy impone aranceles del 15% a los autos que cumplen con las reglas de origen del T-MEC y del 25% a los que no.
La presión comercial se refleja en modelos clave. Las ventas del Jetta en Estados Unidos cayeron un 14.8% en los primeros seis meses de 2026, sumando 27,514 unidades frente a las 32,306 del mismo periodo en 2025. Aunque el SUV Tiguan ha mostrado un desempeño favorable, no ha sido suficiente para mantener la operatividad de los tres turnos de trabajo. Ante este panorama, marcado por la competencia de fabricantes chinos y la necesidad de reducir costos, Volkswagen anunció el cierre de uno de sus turnos.
Este ajuste implica la pérdida de cerca de 800 puestos de trabajo. Al cierre de julio de 2026, la planta en Cuautlancingo contaba con 11,815 trabajadores, cifra que representa el 1.7% de los empleos asegurados en Puebla y el 6.3% de las plazas formales del sector manufacturero estatal. Dado que el ecosistema automotriz y de autopartes aporta cerca del 43.4% del PIB de Puebla, el impacto de esta decisión trasciende las puertas de la fábrica y afecta a toda la cadena de suministro regional.

