CARTAGENA, España. — Pedro y Marina, propietarios de una vivienda en Los Urrutias, han convertido una estructura tradicional en un proyecto arquitectónico singular bautizado como "Vivir frente al mar". El arquitecto Javier Peña, responsable de la obra iniciada en 2017, transformó un galpón de 125 metros cuadrados cuya cubierta original se apoyaba en cajas de bebida, en un hogar diseñado para ser habitado permanentemente por una pareja de coleccionistas de arte.
El elemento central del diseño es un contenedor marítimo de dimensiones superiores al estándar que parece levitar sobre la estructura principal. Para su aislamiento, Peña utilizó una lona de camión que recubre el contenedor, la cual, además de su función técnica, aporta una estética dinámica que recuerda el movimiento de una vela. Según el arquitecto, el uso del contenedor permitió agotar la edificabilidad permitida y alcanzar la cota de altura autorizada de manera eficiente.
El interior de la casa sigue una secuencia rítmica de luces y sombras. La planta baja cuenta con un suelo de hormigón pulido, un salón con cocina integrada y un patio intermedio que facilita la ventilación y la transición hacia la playa. Un "vestíbulo de transición" con una mesa de trabajo conecta la planta baja con el dormitorio principal, ubicado dentro del contenedor. Este espacio superior ofrece vistas panorámicas del Mar Menor, incluyendo las Islas Perdiguera y del Barón, gracias a un ventanal adaptado a partir de una de las tapas del módulo.
El proceso constructivo, que duró poco más de dos años, enfrentó desafíos técnicos significativos, incluyendo la necesidad de un retranqueo solicitado por la Delegación de Costas. La colocación del contenedor sobre cuatro soportes de hormigón fue el momento de mayor complejidad técnica, resuelto mediante el uso de un camión-grúa. Peña destacó que este ha sido su "proyecto más económico", con un coste por metro cuadrado tres o cuatro veces inferior a sus obras habituales, gracias al uso de materiales "crudos" y la reutilización de elementos, bajo una filosofía inspirada en el kintsugi japonés.
Tras ocho años de habitar el inmueble, los propietarios han integrado la vivienda a su entorno, aceptando incluso la curiosidad de los turistas que se acercan a la propiedad. A pesar de los retos climáticos propios de la zona, Pedro y Marina consideran que el resultado ha cumplido su sueño de vivir frente al mar.


