Para Gustavo, un joven de 25 años que trabaja en una galería de arte en el centro de La Habana, la rutina diaria se ha convertido en un ejercicio de supervivencia. La crisis energética que atraviesa Cuba, descrita como la peor en décadas, ha generado un efecto dominó que impacta desde su capacidad para llegar al trabajo hasta el acceso a servicios básicos como el agua potable.
El Sistema Eléctrico Nacional, operado por la estatal Unión Eléctrica, ha colapsado siete veces en lo que va de 2026. La infraestructura, obsoleta y con falta de inversión, se ve agravada por la escasez de combustibles fósiles, una situación intensificada por el bloqueo energético de facto impuesto por Estados Unidos. Tras la detención del presidente Nicolás Maduro en enero, los suministros desde Venezuela cesaron, mientras que las amenazas de aranceles por parte de Donald Trump han limitado otras fuentes de abastecimiento.
La movilidad es uno de los mayores retos. Ante la parálisis del transporte público, Gustavo depende del ciclobus o de 'piqueras' de autos particulares, donde un trayecto puede costar 800 pesos cubanos, una cuarta parte del salario mínimo mensual. "Por la crisis cada vez camino más y más", comenta Gustavo, quien bromea diciendo que podría ser maratonista debido a las largas distancias que recorre a pie bajo el sol.
La crisis también ha dejado a La Habana cubierta de basura, ya que los camiones recolectores han dejado de operar regularmente. "En cada esquina de cuadra hay un vertedero", relata. La falta de recolección obliga a los vecinos a quemar los desechos, lo que ha provocado incendios involuntarios en tanques y edificios.
Dentro de los hogares, la falta de electricidad impide el funcionamiento de los motores de agua, dejando a familias enteras sin suministro durante semanas. "Estamos acostumbrados a problemas con el agua desde siempre", explica Gustavo, quien junto a sus padres sobrevive almacenando agua en tanques y pequeñas vasijas. La incertidumbre es constante: "Es sin ton ni son. No tiene un ritmo, no tiene una lógica, es como pase", describe sobre los apagones que duran hasta 16 horas.
El impacto emocional es profundo. Gustavo advierte que el mito del cubano que siempre ríe ante la adversidad se ha desvanecido. "La gente está con los nervios a flor de piel", afirma, señalando un aumento en la irritabilidad, el estrés y la criminalidad en las calles. Pese a este panorama, el joven mantiene su determinación de seguir escribiendo sobre arte: "La crisis es muy difícil, dificulta todos los aspectos de la vida. Pero no puedo darme por vencido".


