En el entorno empresarial actual, la presión por declarar compromisos públicos sobre temas como la sostenibilidad, los derechos de género o conflictos raciales es constante. Mientras que los estudios tradicionales de responsabilidad social corporativa se enfocan en el discurso aspiracional —donde las palabras obligan a la empresa a actuar—, existe una tendencia creciente hacia el 'silencio estratégico', una táctica utilizada para evadir el escrutinio de los stakeholders.
Sin embargo, este silencio no es un vacío comunicativo. Al contrario, cuando el público espera una postura, la ausencia de palabras se convierte en un objeto de controversia. Este fenómeno, denominado 'silencio comisivo corporativo', demuestra que la fuerza de un mensaje no reside en la intención de la empresa, sino en cómo los grupos de interés resignifican esa omisión.
Un caso emblemático ocurrió en diciembre de 2023, cuando Zara retiró una campaña publicitaria tras recibir críticas masivas. Las imágenes, que mostraban maniquíes sin extremidades y escombros, fueron asociadas por miles de usuarios con los cuerpos amortajados en Gaza. Aunque la empresa calificó el hecho como un 'malentendido', la falta de una comunicación clara permitió que el público otorgara su propio significado a la campaña. Inditex optó por no pronunciarse sobre el conflicto, lo que generó interpretaciones divergentes: desde la acusación de complicidad hasta la percepción de un cálculo comercial para no perder clientes.
Este patrón se repite en otros sectores. Tras el apagón ibérico del 28 de abril de 2025, Red Eléctrica mantuvo un silencio prolongado que fue llenado por hipótesis externas que iban desde ciberataques hasta fallos operativos. De igual manera, el endurecimiento de las normativas ambientales en Europa ha llevado a muchas compañías a callar sobre sus avances en sostenibilidad por miedo a ser acusadas de 'greenwashing', solo para ser interpretadas por inversores y consumidores como empresas que han abandonado sus compromisos ecológicos.
La lección para el sector corporativo es clara: el silencio no equivale a estar fuera de la conversación. Al callar, las organizaciones ceden el espacio semiótico a terceros, permitiendo que otros construyan narrativas que, en última instancia, definen la reputación de la empresa sin su participación.

