El cruce fronterizo de Torkham, conocido como el "punto cero", se ha convertido en el escenario de una crisis humanitaria de dimensiones históricas. Desde que los talibanes retomaron el poder en agosto de 2021, el flujo de personas que regresan a Afganistán ha crecido exponencialmente, impulsado por las políticas de deportación masiva de los países vecinos. Según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), un millón de personas han sido obligadas a regresar solo en lo que va de 2026.
Charlie Goodlake, portavoz de Acnur en Afganistán, calificó la situación como un fenómeno sin precedentes en la historia reciente. "En poco menos de tres años, hemos visto regresar a Afganistán a seis millones de personas, una población que equivale al tamaño de un país pequeño", señaló. Para muchos, como Nazia, de 35 años, el retorno es un choque cultural y existencial: "Nunca antes había estado en Afganistán y mucha gente aquí ni siquiera tiene suficiente pan para comer".
El panorama para los repatriados es desolador. Familias enteras, muchas de las cuales vivieron décadas en el extranjero, llegan a campamentos de tiendas de campaña bajo temperaturas que alcanzan los 41 °C. Los testimonios coinciden en un patrón de acoso y prejuicios sufridos en Pakistán, donde incluso aquellos con tarjetas de registro han sido objeto de expulsiones. Aunque el gobierno pakistaní sostiene que sus medidas se ajustan a la ley y niega abusos sistemáticos, organizaciones como Human Rights Watch han denunciado redadas nocturnas y detenciones arbitrarias.
La situación en Irán no es distinta. Tras la guerra de 12 días librada contra Israel y Estados Unidos en junio de 2025, las deportaciones se aceleraron, con autoridades locales acusando a los inmigrantes de ser potenciales espías. En Afganistán, el miedo persiste, especialmente entre exfuncionarios que desconfían de la amnistía prometida por los talibanes. "No confío en su amnistía porque muchos de mis compañeros han sido asesinados", relató un exguardia de seguridad bajo condición de anonimato.
El canciller afgano, Amir Khan Muttaqi, reconoció la presión que supone este retorno masivo, aunque insistió en que, a largo plazo, beneficiará al país. Mientras tanto, la crisis económica se agudiza: la ONU estima que 21,9 millones de personas necesitan ayuda humanitaria y Unicef advierte que un millón de niños sufren desnutrición severa. Con las restricciones impuestas a las mujeres y niñas, y el aislamiento internacional del gobierno talibán, el futuro de quienes regresan a "empezar de cero" permanece sumido en la precariedad.


