La tuberculosis, conocida históricamente como tisis o peste blanca, ha marcado la historia de la humanidad cobrando la vida de figuras como Madame de Pompadour en 1764 y Simón Bolívar en 1830. Lo que en el siglo XIX se romantizó como una muerte elegante y espiritual, fue identificado en 1882 por el médico alemán Robert Koch como una enfermedad bacteriana altamente contagiosa causada por Mycobacterium tuberculosis. Esta revelación transformó la medicina y la arquitectura, impulsando la creación de sanatorios y diseños urbanos enfocados en la higiene y la luz solar.
El avance médico llegó en 1921 con la vacuna BCG, desarrollada por Albert Calmette y Camille Guérin. Sin embargo, su implementación global enfrentó escepticismo y crisis, como el desastre de Lübeck entre 1929 y 1930, donde 72 bebés murieron debido a una contaminación accidental. Según Claas Kirchhelle, historiador del INSERM, aunque la BCG revolucionó la prevención, su eficacia a largo plazo en adultos es limitada.
Maximiliano Gutiérrez, del Francis Crick Institute, explica que la complejidad biológica de la bacteria es un obstáculo mayor. El bacilo tiene la capacidad de esconderse dentro de los macrófagos, las mismas células diseñadas para destruirlo. Actualmente, el tratamiento requiere una combinación de antibióticos durante al menos seis meses, un proceso que se complica por la resistencia bacteriana y la falta de financiamiento para nuevas terapias.
La situación en América Latina es particularmente preocupante. Mientras que a nivel mundial la incidencia de la enfermedad disminuyó un 12,3% entre 2015 y 2024, en la Región de las Américas aumentó un 13%. Factores como el hacinamiento, la pobreza, el encarcelamiento masivo y la migración agravan la propagación. Como señala Gutiérrez, la erradicación de la tuberculosis no depende solo de la ciencia, sino de mejorar las condiciones de vida, el acceso a agua potable y la vivienda digna, retos que siguen siendo los más complejos para la salud pública global.


