El sistema alimentario global enfrenta una presión sin precedentes, donde la combinación de fenómenos meteorológicos extremos, como el fenómeno de El Niño, y las tensiones geopolíticas amenazan la seguridad alimentaria de millones de personas. Según expertos, la incapacidad de las familias para acceder a recursos básicos como agua y tierra fértil está derivando en desplazamientos forzados y conflictos en regiones vulnerables.
El Índice de Declive Agrícola Impulsado por el Clima (CADI), desarrollado por Hannes Mueller, investigador del Instituto de Análisis Económico (IAE-CSIC) y de la Escuela de Economía de Barcelona, documenta cómo el cambio climático está alterando la productividad agrícola. "Las pérdidas más graves se producen en las regiones tropicales", afirma Mueller. Actualmente, cientos de millones de personas habitan zonas donde la producción de alimentos es inferior a la registrada hace 30 años, con países como Camboya, Bangladés, Burundi, Nigeria, Paraguay y El Salvador reportando afectaciones directas. Se estima que, en los próximos 25 años, cerca de la mitad de la población mundial podría residir en áreas con una productividad agrícola reducida.
La investigación del CADI revela una paradoja: el aumento de la productividad en tierras antes marginales también genera riesgos de violencia, al atraer inversores y fomentar la competencia por la propiedad. Sudán es citado como un ejemplo donde el cambio climático podría generar nuevos ganadores y perdedores, intensificando las tensiones internas. Mueller destaca que la falta de instituciones democráticas sólidas agrava este panorama, ya que "las democracias ofrecen una plataforma para la negociación" que ayuda a prevenir conflictos.
Por su parte, Abdullah Fahimi, del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP), enfatiza que regiones como el sur de Asia y el Sahel requieren atención urgente debido a la vulnerabilidad climática y el crecimiento demográfico. Fahimi advierte que la escasez de recursos facilita el reclutamiento por parte de grupos terroristas, como se ha observado en Nigeria y Afganistán, o bien, erosiona la legitimidad de los gobiernos incapaces de mitigar estas crisis. En última instancia, la capacidad de las instituciones locales para gestionar estos cambios será el factor determinante para evitar que la inseguridad alimentaria derive en violencia sistémica.


