El panorama político en Suecia ha dado un giro definitivo. Tras concluir el escrutinio de los votos emitidos desde el extranjero, se ha ratificado la victoria de la oposición de centroizquierda, la cual obtuvo el 49,5 % de los sufragios frente al 48,8 % alcanzado por el bloque gubernamental de derecha. Este resultado se traduce en una distribución de 176 diputados para la coalición opositora contra 173 del oficialismo, confirmando la tendencia observada desde el pasado lunes.
Ulf Kristersson comunicó su decisión a través de una carta publicada en su cuenta de la red social X, donde señaló: "Ahora, el presidente del Parlamento debe dirigir los siguientes pasos hacia la formación de un nuevo gobierno. Para que ese trabajo pueda comenzar de forma inmediata, solicito ser destituido como primer ministro".
La contienda electoral fue sumamente cerrada, con una diferencia de apenas 50.000 votos y tres escaños entre el bloque de izquierdas, encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson, y la coalición de derecha de Kristersson, que integra al partido antiinmigración Demócratas de Suecia. Andersson, quien ya gobernó el país entre 2021 y 2022 y cuenta con una trayectoria de siete años como ministra de Hacienda, enfrenta ahora el reto de unificar a una oposición marcada por profundas divisiones ideológicas.
El proceso de transición no será inmediato. Se estima que el Parlamento no designará a un nuevo primer ministro antes del 29 de septiembre, dando inicio a un periodo de negociaciones que podría extenderse por varias semanas. En caso de que Andersson no logre consolidar una mayoría, el bloque de derechas podría retomar la iniciativa para intentar formar gobierno.
El desenlace fue influenciado por los denominados "votos de los miércoles" —votos por correo desde el exterior—, un factor que históricamente ha tenido poco peso, salvo en precedentes como el de 1979, cuando el bloque de izquierda liderado por Olof Palme perdió los comicios por un margen estrecho tras el conteo de las papeletas extranjeras.


