Thomas Wolfe (1900-1938), el prolífico escritor originario de Asheville, Carolina del Norte, dejó una huella indeleble en la literatura antes de su prematura muerte a los 37 años a causa de tuberculosis cerebral. Postrado en un hospital, Wolfe redactó una carta de reconciliación para su editor, Maxwell Perkins, a quien consideraba una figura paterna, expresando su arrepentimiento por acciones pasadas y su ferviente deseo de vivir.
Conocido por su estilo intenso y una capacidad de trabajo inagotable, Wolfe escribió borradores que superaron el medio millón de palabras, trabajando en cualquier lugar, desde su mesa de comedor hasta la puerta de su refrigerador. Aunque hoy su nombre a veces se confunde con el periodista Tom Wolfe, en su tiempo fue un gigante literario, elogiado por William Faulkner como el mejor escritor de la 'generación perdida', grupo que compartía con figuras como Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, John Dos Passos y John Steinbeck.
Su obra se caracterizó por un marcado tono autobiográfico. En sus primeras novelas, El ángel que nos mira y El tiempo y el río, se representó a través del personaje Eugene Gant, mientras que en sus publicaciones póstumas, La red y la roca y No puedes volver a casa (1940), utilizó a George Webber como su alter ego.
No puedes volver a casa marca una evolución en su madurez narrativa. La novela narra la búsqueda de tranquilidad de Webber, quien intenta regresar a su pueblo natal, Libya Hill, solo para descubrir que, como afirmaba Heráclito, no es posible bañarse dos veces en el mismo río. El protagonista se enfrenta a una familia distante, amigos desconocidos y un pueblo transformado por la codicia inmobiliaria. La obra también explora su desencanto con Nueva York y su decepción ante el ascenso del nazismo en Alemania, país que recordaba con nostalgia pero que encontró destruido por un régimen autoritario.
Con 664 páginas y editada por Piel de Zapa, la novela no solo es un relato personal, sino un retrato preciso de la sociedad estadounidense de los años 30, capturando eventos como el Crack del 29 y el sentimiento existencialista de una generación en decadencia.


