La frágil estabilidad lograda tras el acuerdo de Pretoria de 2022 en Etiopía se encuentra bajo una amenaza crítica. El 23 de septiembre, las fuerzas tigrianas iniciaron una ofensiva significativa, registrándose enfrentamientos adicionales en las regiones vecinas de Afar y Amhara. Esta escalada pone en riesgo la paz alcanzada entre el Gobierno federal etíope y el Frente de Liberación Popular de Tigré (TPLF).
Expertos advierten que el conflicto no debe analizarse de forma aislada. Martin Plaut, periodista británico especializado en el Cuerno de África, señaló que una propagación más allá de las fronteras, especialmente un enfrentamiento entre Eritrea y Etiopía, podría involucrar a fuerzas sudanesas y arrastrar a toda la región a una guerra generalizada. En la misma línea, Jalale Getachew Birru, analista sénior de ACLED, subrayó que la crisis etíope está intrínsecamente conectada con las dinámicas políticas y militares de los países vecinos.
La Unión Africana, a través de su presidente de la Comisión, Mahmoud Ali Youssouf, instó el 23 de septiembre a un cese inmediato de las hostilidades y al retorno al diálogo directo, designando al expresidente nigeriano Olusegun Obasanjo para liderar los esfuerzos diplomáticos. Mientras tanto, el TPLF ha formado una alianza con otros seis grupos armados, incluido el movimiento amhara Fano, con el objetivo de desafiar al primer ministro Abiy Ahmed, lo que complica el panorama militar para el Gobierno.
La situación en Afar es particularmente preocupante, ya que esta región alberga el corredor logístico vital que conecta a Etiopía con Yibuti, esencial para el comercio internacional del país. Paralelamente, la tensión con Eritrea ha aumentado; Etiopía acusa a Asmara de apoyar a grupos armados contrarios al Gobierno, mientras que la influencia de potencias externas como Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudita en el conflicto sudanés añade una capa de complejidad geopolítica. Según Plaut, la convergencia de intereses en Sudán, donde Etiopía y Eritrea desempeñan roles indirectos en bandos opuestos, podría multiplicar los focos de violencia.
Aunque no existe una alianza militar única que unifique todos los frentes, la interconexión de los conflictos regionales es evidente. El recuerdo del anterior conflicto en Tigré, que dejó un saldo de 600,000 muertos y millones de desplazados, mantiene a la comunidad internacional en alerta ante la posibilidad de un escenario extremadamente sangriento.


