La etapa de la secundaria no solo representa un periodo de transición académica, sino un entorno de alta intensidad social que, según expertos, moldea profundamente la psique humana. Mitch Prinstein, profesor de Psicología en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, EE. UU., sostiene que los recuerdos sobre el estatus social en la escuela secundaria son inusualmente persistentes, superando incluso el recuerdo de docentes o compañeros de clase. En su libro de 2017, Popular: The Power of Likeability in a Status-Obsessed World, Prinstein detalla cómo estas experiencias tempranas influyen en la satisfacción vital, la salud y la calidad de las relaciones interpersonales en la adultez.
El psicólogo John Coie, pionero en el estudio de la popularidad en la década de 1980, clasificó a los estudiantes en cinco categorías: aceptados, rechazados, controvertidos, abandonados y promedio. Según sus hallazgos, cerca del 40% de los jóvenes se sitúan en la categoría de 'promedio', mientras que el 60% restante se distribuye en las otras clasificaciones. Los estudios indican que estas etiquetas tienden a mantenerse estables al transitar entre instituciones educativas. Mientras que en la primaria los valores de los niños suelen alinearse con los de los adultos, en la secundaria surge una 'cultura de pares' donde el estatus se vincula a menudo con comportamientos de riesgo o 'pseudomadurez', como el consumo de alcohol o relaciones precoces.
La intensidad de este entorno, comparable según la psicóloga Lucy Foulkes de la Universidad de Oxford a la convivencia forzada en el ejército o la cárcel, explica por qué las dinámicas de poder y exclusión se graban con tanta fuerza. Joseph Allen, profesor de la Universidad de Virginia, encontró en un estudio de 2015 que los adolescentes que priorizaron el estatus y comportamientos arriesgados a los 13 años enfrentaron mayores dificultades de adicción y problemas en sus relaciones personales al llegar a los 23 años. Por el contrario, la 'simpatía' o ser aceptado por los pares es un predictor positivo de éxito profesional y salud a largo plazo.
No obstante, los expertos coinciden en que estas experiencias no son una sentencia definitiva. Prinstein enfatiza que los individuos pueden romper los patrones aprendidos al ser conscientes de cómo sus modelos mentales sesgan la percepción de las interacciones actuales. La capacidad de sanar y redefinir la identidad personal es posible, permitiendo que las etiquetas de la adolescencia pierdan su poder sobre el presente.


