La escalada en la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China ha dejado a sus aliados en una posición compleja, obligándolos a equilibrar sus compromisos de seguridad con la necesidad de mantener la estabilidad económica. Durante un encuentro reciente en Düsseldorf, empresarios alemanes y chinos coincidieron en que el conflicto trasciende el intercambio de mercancías, convirtiéndose en una disputa con profundas implicaciones geopolíticas e ideológicas.
La Unión Europea enfrenta un dilema particular. Mientras la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha advertido sobre un segundo "shock" económico proveniente de China —impulsado por el liderazgo industrial asiático en sectores como baterías y comunicaciones—, Bruselas busca reducir un déficit comercial estimado en 1.000 millones de euros diarios. A pesar de esto, empresas como VW y BMW han expresado su rechazo a los aranceles impuestos a los vehículos eléctricos chinos por temor a represalias, mientras que Mercedes-Benz ha pedido cautela ante decisiones precipitadas.
Por su parte, el expresidente Donald Trump ha mantenido una postura agresiva, presumiendo de haber bloqueado los autos eléctricos chinos del mercado estadounidense mediante aranceles de entre el 100 y el 150 %. El 13 de septiembre de 2026, tras una visita a Irlanda, Trump reiteró su enfoque comercial al declarar: "¡Yo vendo de todo!", mostrando confianza en concretar ventas de aviones Boeing a aerolíneas chinas, aunque expertos como Mikko Huotari, director del instituto MERICS, consideran improbable un gran avance, calificando la situación como un "empate estratégico".
Ante este escenario, Canadá ha optado por una vía distinta. El primer ministro Mark Carney, quien en enero de 2026 estableció una "asociación estratégica de nueva era" con China, ha impulsado una estrategia de "geometría variable". Tras imponer aranceles a productos estadounidenses en agosto de 2026, Canadá redujo sus gravámenes a los autos eléctricos chinos del 100 al 6,1 %, con una cuota de 49.000 vehículos anuales. "Si no estamos en la mesa de negociación, estamos en el menú", sentenció Carney, subrayando la necesidad de que las potencias medianas se coordinen para no quedar supeditadas a los grandes actores globales.


