La figura de Pandora, descrita en la mitología griega como la primera mujer, surge de la ira de Zeus tras el acto de rebeldía de Prometeo, quien robó el fuego para entregárselo a los hombres. Zeus, buscando castigar a la humanidad y a Prometeo, ordenó a Hefesto moldear una figura femenina en barro. Posteriormente, diversas deidades dotaron a la creación de atributos: Afrodita le otorgó belleza y sensualidad, Atenea la instruyó en las labores del hogar y el tejido, Hera le concedió gracia, y Hermes la dotó de curiosidad y el don de la persuasión. Fue Hermes quien la nombró Pandora, que significa "la de todos los dones".
Pandora fue enviada a la casa de Prometeo y su hermano Epimeteo. A pesar de las advertencias de Prometeo de no aceptar regalos divinos, Epimeteo, cautivado por la belleza de Pandora, la aceptó como esposa. Pandora portaba un regalo de bodas de Zeus: un recipiente sellado que tenía prohibido abrir. Sin embargo, vencida por la curiosidad, Pandora abrió el objeto, liberando todas las desgracias que aquejarían al mundo. Al lograr cerrarlo, solo quedó en su interior la esperanza.
Un aspecto fundamental que suele confundirse es el recipiente. Originalmente, el mito de Hesíodo, escrito a finales del siglo VIII a.C., menciona un pithos, una gran jarra de arcilla utilizada para almacenar provisiones. La transformación a "caja" se atribuye al humanista Erasmo de Rotterdam, quien en 1508 tradujo pithos al latín como pyxis (caja) en su obra Adagia. A finales del siglo XIX, los eruditos clásicos identificaron el error, pero el término ya estaba arraigado en la cultura popular.
El contenido del recipiente también ha sido objeto de debate filosófico. Mientras que en versiones como la de Esopo o Teognis de Megara el recipiente contenía bienes, en el relato de Hesíodo se liberan males. La presencia de la esperanza (Elpis) ha generado diversas interpretaciones: desde una premonición de fatalidad, pasando por una ilusión peligrosa que adormece a la humanidad, hasta la visión de Federico Nietzsche, quien en 1878 argumentó que la esperanza es el peor de los males porque prolonga el tormento humano. Por otro lado, filólogos como M. L. West ofrecen una lectura optimista, sugiriendo que la esperanza permaneció como un último recurso para que los seres humanos pudieran seguir adelante ante las calamidades.


