En 1952, durante el apogeo de la Guerra Fría, el ingeniero de sonar estadounidense Frank Watlington realizaba labores de vigilancia frente a las costas de las Bermudas, rastreando submarinos soviéticos y actividad sísmica. Utilizando hidrófonos primitivos, Watlington comenzó a captar sonidos lúgubres y complejos que se prolongaban durante horas, los cuales identificó correctamente como cantos de ballenas jorobadas. Este hallazgo marcó el inicio de una transformación en la relación humana con estos animales.
En 1967, Watlington compartió sus grabaciones con los biólogos acústicos Katy y Roger Payne. Roger, quien falleció en 2023, describió la experiencia en 2020 como 'la interpretación acústica más extraordinaria e impresionante' que había escuchado. Junto a colaboradores como Scott McVay, Hella McVay y Eleanora D'Arms, los investigadores descifraron que los sonidos seguían patrones rítmicos y repetitivos, lo que confirmaba que las ballenas estaban cantando.
El impacto cultural llegó en 1970 con la publicación del álbum 'Canciones de la ballena jorobada', que contenía cinco grabaciones seleccionadas por su belleza. El disco vendió más de 125,000 copias, convirtiéndose en el álbum de naturaleza más vendido de la historia. Además, se distribuyó un extracto a 10.5 millones de suscriptores de National Geographic. La influencia del álbum fue tal que artistas como The Beatles, Bob Dylan, Judy Collins y Kate Bush incorporaron elementos de estos sonidos en su trabajo, y un fragmento fue incluido en el disco de oro de la sonda Voyager 1 en 1977.
Este fenómeno cultural fue fundamental para el movimiento 'Salvemos a las Ballenas'. Antes de la década de 1970, las ballenas eran vistas como criaturas aterradoras o simples mercancías, y las jorobadas habían visto reducida su población a menos del 5% de sus niveles históricos. La presión pública resultante llevó a que el Congreso de Estados Unidos aprobara la Ley de Protección de Mamíferos Marinos en 1972, seguida por una moratoria mundial sobre la caza comercial en 1982 y una prohibición total en 1985-86.
Hoy, aunque las ballenas enfrentan nuevas amenazas como el ruido antropogénico y el cambio climático, el legado de aquellas grabaciones persiste. Según Nan Hauser, directora del Centro de Investigación y Conservación de Cetáceos en las Islas Cook, el álbum permitió que la sociedad dejara de preguntar cuántas ballenas quedaban para cuestionar qué tipo de seres estábamos matando.


