Es una escena cotidiana: tras el almuerzo, al llegar las 3 de la tarde, la energía decae y el deseo de dormir se vuelve casi irresistible. Este fenómeno, conocido popularmente como el "bajón de la tarde", es el resultado de una convergencia de factores biológicos. Según explica Michelle Spear, profesora de Anatomía en la Universidad de Bristol, nuestra necesidad de dormir aumenta desde que despertamos debido a la acumulación de adenosina, un compuesto orgánico que regula el sueño y la vigilia. Aunque nuestro reloj circadiano genera señales de alerta durante la mañana, a primera hora de la tarde entramos en un periodo natural de mayor propensión al sueño.
La alimentación juega un papel secundario pero relevante. Comer altera las señales entre el intestino, el metabolismo y el cerebro, y aunque no se ha identificado un macronutriente específico como culpable, los almuerzos copiosos se han asociado con una menor capacidad de atención. Investigaciones recientes sugieren que este estado es neurológicamente distinto a la falta de sueño, ya que la somnolencia postprandial desplaza la actividad de la corteza cerebral hacia la inhibición, a diferencia de la privación de sueño, que aumenta la excitabilidad cortical.
Respecto a las estrategias para combatirlo, el consumo de café no es la mejor opción. La cafeína bloquea los receptores de adenosina, pero no elimina el compuesto, que sigue acumulándose en el organismo, lo que puede derivar en problemas para conciliar el sueño nocturno. En su lugar, la ciencia sugiere aprovechar la luz natural. Una revisión sistemática de 2024, que analizó 62 estudios, concluyó que la luz diurna es el factor más efectivo para mejorar la alerta y la memoria de trabajo. Asimismo, una siesta breve de entre 10 y 20 minutos puede reducir la somnolencia sin provocar inercia del sueño, siempre que se realice a primera hora de la tarde.


