El expresidente Donald Trump ha calificado recientemente a través de su red social, Truth Social, como una “conspiración enfermiza” el creciente rechazo hacia la inteligencia artificial (IA) y la infraestructura física que la sostiene: los centros de datos. Según el mandatario, esta oposición beneficiaría a China, por lo que lanzó una advertencia a quienes impulsan estas campañas, tildándolos de “teóricos de la conspiración, traidores y filtradores” que deben “tener cuidado”.
Este posicionamiento surge en un escenario de descontento social generalizado en Estados Unidos. De acuerdo con datos publicados por Gallup en mayo, siete de cada 10 ciudadanos estadounidenses se oponen a la construcción de centros de datos en sus comunidades locales. Para mediados de julio, la cifra de protestas registradas ascendía a más de 140 manifestaciones distribuidas en más de 40 estados, un fenómeno que trasciende las preferencias electorales de las regiones afectadas.
El malestar social se alimenta de los efectos concretos de la operación de estas instalaciones, tales como el consumo masivo de agua, la contaminación acústica, el impacto ambiental, los beneficios fiscales otorgados a las empresas tecnológicas y la concentración de poder en manos de un grupo reducido de multimillonarios. Asimismo, se cuestiona el uso de la IA en contextos de vigilancia, control político y su aplicación en conflictos bélicos, como la masacre al pueblo palestino.
El análisis de la coyuntura actual establece paralelismos con el movimiento ludita de inicios del siglo XIX en Inglaterra, donde trabajadores como Ned Ludd se organizaron contra el control capitalista de la tecnología que amenazaba su integridad y sustento. Al igual que en aquel entonces, cuando el poder político intentó desacreditar a los trabajadores vinculándolos con intereses extranjeros como Napoleón, hoy el gran capital y sectores del poder político buscan estigmatizar a quienes cuestionan el despliegue tecnológico actual, calificándolos de tecnófobos.
Ante este panorama, surge la necesidad de replantear el desarrollo tecnológico bajo una lógica de bien común, argumentando que la tecnología es un ámbito demasiado relevante para ser gestionado exclusivamente por las grandes corporaciones tecnológicas, conocidas como Big Tech.


