WASHINGTON, D.C., EE. UU. — A dos décadas y media de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la política exterior y de seguridad de Estados Unidos ha experimentado una transformación significativa en la identificación de sus principales amenazas. En la actualidad, el gobierno estadounidense ha integrado a los cárteles mexicanos dentro de su nueva estrategia contra el terrorismo, elevando su perfil de riesgo al nivel de grupos como Al Qaeda e ISIS.
Este cambio de paradigma se refleja en el lenguaje oficial utilizado por las autoridades de Washington. Bajo la administración de figuras como Rubio, el discurso político ha adoptado una postura más agresiva, mientras que el Pentágono ha comenzado a emplear formalmente el término “narcoterrorismo” para clasificar las actividades de las organizaciones criminales que operan en México.
Esta reconfiguración marca un nuevo capítulo en la denominada guerra contra el terrorismo, trasladando el enfoque de los conflictos en Medio Oriente hacia la seguridad fronteriza y el combate al crimen organizado transnacional, bajo la premisa de que las estructuras criminales actuales representan un peligro equiparable a las amenazas terroristas globales que definieron la política estadounidense durante el último cuarto de siglo.


