El pasado 26 de agosto, una inmensa masa de agua, lodo y rocas descendió por el desfiladero del río Trishuli, impactando el puesto fronterizo de Rasuvagadhi y arrasando con entre 50 y 60 casas, además de hoteles, negocios, infraestructura hidroeléctrica y vial. El desastre afectó a una zona de tránsito internacional donde se encontraban peregrinos, comerciantes de India y China, así como turistas de diversas nacionalidades, incluyendo ciudadanos de Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Italia y Australia.
Según el hidrólogo Ajay Dixit, la vulnerabilidad geológica de la zona, caracterizada por ríos escarpados y transporte de sedimentos pesados, facilitó la magnitud del desastre. Las cifras oficiales del gobierno de Nepal indican que el evento dejó más de 2.2 millones de toneladas de escombros y afectó a más de 85 mil habitantes, de los cuales 22 mil 100 son niños. Actualmente, miles de damnificados permanecen en refugios temporales tras la destrucción de servicios esenciales.
Aunque inicialmente se especuló sobre un sismo como causa, los servicios geológicos internacionales confirmaron que el movimiento telúrico fue consecuencia del impacto del colapso glaciar y no su origen. La hipótesis principal apunta al calentamiento global, que debilita los glaciares del Himalaya, conocido como el “Tercer Polo”. La fundación Sustentabilidad Sin Fronteras advierte que Nepal, a pesar de generar una mínima parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, enfrenta una crisis exacerbada por la falta de planificación urbana, la degradación del suelo y alteraciones en los patrones del monzón.
La tragedia continúa vigente, con más de 600 turistas entre los desaparecidos y la incertidumbre sobre el número real de víctimas en los poblados afectados. Expertos señalan que este fenómeno, que también impacta regiones en los Alpes europeos y Sudamérica, representa una advertencia sobre la inestabilidad climática global.


