El panorama político y judicial de Brasil atraviesa una de sus crisis más graves a menos de un mes de la primera vuelta de las elecciones generales. La disputa por la presidencia entre Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, y Flávio Bolsonaro, de 45, se ha intensificado, con encuestas recientes de Quaest y Datafolha que muestran un empate técnico, marcando un escenario incluso más reñido que el enfrentamiento de 2022 entre el actual mandatario y el padre del senador.
En el centro de la tormenta se encuentra el Tribunal Supremo, cuya credibilidad se ha visto comprometida por las sospechas de corrupción que pesan sobre el magistrado Alexandre de Moraes. El juez, anteriormente visto como un defensor de la democracia frente al bolsonarismo, es ahora señalado por su presunta relación con Daniel Vorcaro, el banquero detrás del Banco Master, institución liquidada en 2025 por el Banco Central debido a un fraude millonario. Las investigaciones policiales sugieren que Vorcaro buscó protección en las altas esferas, incluyendo a Moraes, a quien habría solicitado maniobrar para frenar pesquisas y pedir consejo antes de su detención.
El escándalo se complica por la revelación de que el bufete de la esposa de Moraes recibió 25 millones de dólares del Banco Master por servicios cuestionados por su elevado costo. Aunque el magistrado no ha sido formalmente acusado, la presión para que dimita o se aparte del cargo crece. Por su parte, el presidente Lula ha intentado marcar distancia, declarando: “Nadie, en nombre de la democracia, puede usar el cargo que ostenta en beneficio personal”.
La tensión interna en el Supremo se hizo evidente cuando el juez André Mendonça ordenó levantar el secreto sobre un informe policial que vincula a Moraes con el banquero. En respuesta, Moraes abrió una investigación contra Mendonça por falta de imparcialidad. Este conflicto es crucial, dado que el próximo presidente tendrá la facultad de nombrar al menos a tres de los 11 jueces del tribunal, lo que podría inclinar la balanza ideológica de la corte.
Mientras tanto, la campaña electoral se mantiene polarizada. El 4 de octubre, los brasileños acudirán a las urnas para elegir presidente, gobernadores y legisladores. Si ningún candidato obtiene más del 50% de los votos válidos, se celebrará una segunda vuelta el 25 de octubre. En medio de este clima, ha surgido una figura inesperada: el psiquiatra y autor de autoayuda Augusto Cury, quien ha captado entre el 8% y el 10% de la intención de voto con una propuesta centrada en la pacificación del país, atrayendo al electorado que rechaza tanto a Lula como a Bolsonaro.


