El panorama diplomático en la península coreana ha dado un giro significativo. A pesar de los intentos del presidente estadounidense, Donald Trump, por reactivar el acercamiento con Pionyang —incluyendo la reducción de ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur—, la respuesta de Kim Jong-un ha sido distante. El líder norcoreano ha negado haber respondido positivamente a las propuestas de diálogo y, en su lugar, ha ordenado lanzamientos de misiles y el fortalecimiento de su capacidad naval.
La falta de urgencia de Pionyang por negociar con Estados Unidos responde a un cambio en el equilibrio de poder. Según Joon Ha Park, corresponsal del Korea Risk Group en Seúl, "para Kim, ahora hay menos en juego que en 2019. Ya no existe la misma sensación de urgencia en Pionyang por volver a la mesa de negociaciones con Washington". Esta postura se sustenta en una economía que, según el banco central surcoreano, creció un 3,7 % en 2024, su mayor expansión en ocho años.
El respaldo de Moscú y Pekín ha sido determinante. Tras la cumbre de 2023 entre Kim y Vladimir Putin, Corea del Norte ha suministrado armamento y soldados para el conflicto en Ucrania, recibiendo a cambio recursos financieros, alimentos y tecnología militar. Alexander Lipke, investigador del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), destaca que "la guerra de Ucrania ha abierto una línea de salvataje crucial para el régimen norcoreano".
Actualmente, Pionyang exige ser reconocido oficialmente como un Estado con armas nucleares, excluyendo cualquier mención a la desnuclearización en futuras conversaciones. Se estima que el país posee cerca de 60 ojivas nucleares, una cifra que duplica las 20 a 30 estimadas durante los encuentros de 2018 y 2019. Ante este escenario, el objetivo de Corea del Norte parece ser el reconocimiento internacional de su estatus como potencia nuclear, dejando atrás la presión de las sanciones internacionales que marcaron su historia reciente.


