OTTAWA, Canadá. — La relación entre Canadá y Estados Unidos atraviesa su momento más crítico en décadas. El pasado 21 de agosto, el primer ministro Mark Carney anunció la ruptura definitiva de las negociaciones comerciales con Washington, tras rechazar condiciones que, según el mandatario, comprometían la soberanía del país. En un discurso televisado de 22 minutos, Carney fue contundente al declarar: “Estás en guerra cuando has sido atacado. Y nosotros hemos sido atacados”.
La tensión se ha hecho sentir especialmente en ciudades fronterizas como Windsor, donde el alcalde Drew Dilkens observa con preocupación el impacto de esta disputa en una industria automotriz profundamente integrada. A pesar de que Canadá depende de Estados Unidos para dos terceras partes de sus exportaciones, el país ha decidido responder con firmeza. A partir del próximo martes, entrarán en vigor aranceles canadienses del 50% sobre productos estadounidenses por un valor de 20,000 millones de dólares, en represalia a medidas similares impuestas por la Casa Blanca.
El descontento es generalizado. Académicos como Peter Frise, de la Universidad de Windsor, describen la situación como una ruptura dolorosa, similar a dejar de hablar con un hermano. Por su parte, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, calificó de “lamentable” la postura de Carney, advirtiendo que Canadá no debería entrar en un conflicto con una economía 13 veces mayor. Sin embargo, el respaldo interno a Carney es sólido: las encuestas muestran un apoyo de entre el 60% y el 80% a su gestión, y su partido obtuvo victorias en tres elecciones parciales el pasado 31 de agosto en Quebec, Ontario y Columbia Británica.
Mientras el gobierno canadiense busca diversificar sus alianzas comerciales con mercados en Asia y la Unión Europea, el futuro de la relación con su vecino del sur permanece incierto. El reciente puente de Gordie Howe, una obra de 6,400 millones de dólares canadienses financiada íntegramente por Canadá, se erige como un símbolo irónico de una conexión física que hoy se ve empañada por la fractura política. La negociadora jefa, Janice Charette, ha señalado que, aunque los bolígrafos se han retirado de la mesa de negociación, las puertas permanecen abiertas para un diálogo futuro.


