El análisis sobre la figura de Donald Trump y su relación con conceptos históricos como el 'cesarismo' y el 'bonapartismo' sigue siendo un tema de debate en la academia. El año pasado, Jan-Werner Müller argumentó que el término 'cesarismo' resultaba inadecuado para el mandatario estadounidense, señalando que, a diferencia de Julio César, quien basó su legitimidad en reformas estructurales y victorias militares, Trump carecía de logros similares tras sus primeros tres meses de administración.
El concepto de 'cesarismo', originado en la antigüedad clásica y popularizado en el siglo XIX para describir figuras como Napoleón III, fue posteriormente desarrollado por Antonio Gramsci en el siglo XX, equiparándolo con el 'bonapartismo'. En la teoría marxista, este modelo describe una situación de polarización social donde una figura carismática, externa al sistema, surge para estabilizar una crisis política apelando directamente al pueblo.
Aunque Müller sugirió que el 'bonapartismo' podría captar mejor la esencia de un líder que gobierna mediante decretos y el culto a la personalidad, también señaló que Trump representa un caso particular, caracterizado por el caos y la destrucción del Estado. Otros analistas, como Dylan Riley, han explorado el carácter 'patrimonial' de su gestión, donde el Estado es tratado como una empresa familiar. A pesar de las dudas sobre si el duopolio partidista estadounidense permite una solución bonapartista real, algunos expertos sostienen que Trump opera dentro del orden bipartidista, instrumentalizando consensos existentes.
Actualmente, el vacío de logros estructurales que Müller señaló hace un año y medio persiste. Las acciones de Trump se han centrado en su presencia en redes sociales y declaraciones sobre política exterior, incluyendo menciones a su relación con Kim Jong-un o la situación en Irán. Finalmente, las comparaciones con la figura de un 'César' han tomado un matiz irónico, vinculando sus declaraciones sobre la Casa Blanca y sus proyectos arquitectónicos con una visión que algunos críticos han calificado de grotesca, evocando incluso la figura de Calígula en el contexto de sus recientes posturas políticas.


